Gianni Rodari: a 100 años de su nacimiento

Gianni Rodari: a 100 años de su nacimiento


Había una vez… Gianni Rodari

Por: Virginia Pescarmona.



GIANNI RODARI (23 de octubre de 1920 – 14 de abril de 1980, Italia)

A 100 años del nacimiento del genial pedagogo y escritor, les alcanzamos para escuchar sus “Cuentos por teléfono”.

Maestro, escritor, excomulgado por “exseminarista convertido en diabólico”, militante, periodista, censurado, un imaginador. Todas las caras de un creador de mundos para la niñez, que criticó duramente la escuela “tradicional” desarrollando una perspectiva completamente renovadora en cuanto a lo pedagógico y literario.

Cuentos por teléfono

¿A quién se le niega un cuento? A nadie; por eso Gianni Rodari creó los Cuentos por teléfono, ya que “érase una vez… una niña cuyo padre tenía que estar de viaje seis días a la semana. Esta niña no podía dormirse sin que le contaran un cuento. Y cada noche, su padre la llamaba por teléfono y le explicaba un cuento. Dicen que los cuentos eran tan buenos que hasta los operarios de la telefónica suspendían todas las llamadas para escucharlos”, publicaba el escritor del surrealismo y la crítica social. Sus cuentos son burlescos, fantásticos, absurdos. Un país sin punta, un repartidor de pizzas que viaja a la luna, un niño tan distraído que iba perdiendo sus partes en el barrio, un museo para la palabra llorar o un país con des-delante. Entre Pinocho, Gagarín o Lenín, el señor Bianchi nos regala un cuento por vez, por llamada, para cautivar a su hija, trabajadoras de la telefónica y al mundo entero. Veamos más sobre él.

¿Pero quién era Gianni Rodari?

La infancia es la etapa privilegiada para forjar la imaginación. Gianni Rodari no escapó a ese momento en que la chispa se le prendió. “Todos los niños son iguales”, dice, hablando de Juan el distraído y todos los niños del mundo. Pero esos niños iguales nacen, crecen y viven en realidades tan disímiles y tan difíciles en muchos casos, que la fantasía puede ser un espacio libre del principio de contradicción.

“Jugar con las cosas sirve para conocerlas mejor. Y no veo la utilidad de poner límites a la libertad del juego (…). La fantasía no es un lobo malo del cual haya que tener miedo, o un delito que haya que controlar con permanentes y pertinaces redadas. Me tocará a mí, de vez en cuando, advertir si el niño, en un momento determinado de su interés por las cosas, desea ‘informaciones sobre el grifo’ o si quiere ‘jugar con el grifo’ para obtener a su modo las informaciones que le sirven”.

Estas y otras reflexiones le dieron a Gianni Rodari un lugar destacado en la educación y la literatura infantil.

Italiano nacido entre guerras

Nació en Omenga, Italia, en 1920. Sus padres fueron panaderos. Cuando quedó huérfano de padre a los nueve años, fue criado por una tía. Luego circuló por internados y seminarios.

“El niño creció, se hizo un muchachote, y luego hombre. Y todos podían leer sus pensamientos….se llamaba Jaime… desgraciadamente un día subió al gobierno de aquel país un feroz dictador y comenzó entonces un período de opresiones, injusticias y miserias para todo el pueblo. El que osaba protestar desaparecía sin dejar huella….” relata en “Jaime de Cristal”.

Obligado se tuvo que afiliar al Partido Nacional Fascista, pero durante la guerra rompió el carnét. Es que su hermano Cesare fue llevado a un campo de concentración nazi de Alemania, y entre sus mejores amigos, Nino Bianchi, se ahogó en el Mediterráneo al principio de la guerra, y Amedeo Marvelli, cayó en el frente ruso. Estos hechos lo llevaron a sumarse a la resistencia lombarda. También se afilia al Partido Comunista Italiano en 1944. Su paso por el PCI merecen una nota aparte, con sus elaboraciones en publicaciones políticas, viajes a diferentes países del este, informes sobre las políticas culturales y de alfabetización, sus percepciones y hasta su decepción final en una recorrida por la URSS, que muchos y muchas atribuyen al deterioro de su salud y aceleración de su fallecimiento temprano.

Mirar el mundo tras la ventana

Vivió y sufrió el fascismo. Quizás por eso una de sus mayores preocupaciones era enseñar a observar. Mirar por la ventana, mirar desde un punto fijo, mirar lo que pasa afuera y enseñar los usos de la palabra «libertad». Decirla bajito, decirla fuerte, saber usarla.

Y también por eso fue capaz de inventar un mundo donde hay un país con el “des” delante. Allí hay des-navajas que sirven para que crezcan los lápices cuando están desgastados o un des- perchero donde encontrar la ropa necesaria. Son cuentos que crean mundos posibles y anhelados.

Nunca dejó de hacer una crítica a la monarquía, a las arbitrariedades sobre los niños y niñas, a la realidad de la pobreza, hasta en su Befana contradicción acerca de si los juguetes deben venderse o distribuirse, sentencia: «los mejores regalos no se compran, los mejores regalos son los que se hacen».

“¿Merece la pena que un niño aprenda llorando lo que puede aprender riendo?”

Los esfuerzos y la dedicación a la literatura infantil de Gianni Rodari tuvieron recompensa en 1970, cuando logró el Premio Hans Christian Andersen, el mayor galardón internacional para un escritor de su género. Sus personajes son niños comunes y corrientes, habitantes de barrios populares, hijos de zapateros, repartidores de pizzas, porteros, hijos de mecánicos, vecinas… Allí los niños se hacen ver y sentir. Se los escucha, se los considera, “cuando los niños piden otro helado más a sus papás, estos dicen: ¡claro hombre!, para ti sería necesario una casa entera, como aquella de Bolonia”, en “El edificio de helado”.

Ya en los ’70, escribía a propósito de sus iniciativas “se pueden componer poemas enteros, tal vez sin sentido pero no sin encanto, con un periódico y unas tijeras. Puede que no sea el modo más útil de leer el periódico, ni hay que introducirlo en las escuelas solo para hacerlo pedazos. El papel es una cosa seria, la libertad de prensa también. Pero el juego no lesiona el respeto por el papel impreso, aun cuando puede servir para desalentar su culto. Al fin y al cabo, inventar historias también es una cosa seria” (Gianni Rodari, Gramática de la fantasía). La búsqueda será permanente. Y sus esfuerzos los llevan por los más diversos mundos. “La casa de campo del abuelo de Lenin” o la Luna. Siempre había una excusa para poner las letras al servicio de la imaginación de otro mundo posible. Su preocupación era la realidad de los niños y también su fantasía, su lugar, su posibilidad de aprender. “Tenía que ser un mal profesor pero preparado en su trabajo y tenía en mente todo, desde la lingüística indoeuropea hasta el marxismo (…); tenía en mente todo, excepto la escuela. Quizás, sin embargo, no era un profesor aburrido (…) Inventé usando las “técnicas” promovidas y al mismo tiempo desaprobadas por Breton”.

Fue en su libro Gramática de la Fantasía que logró explicar el sentido y las características del proceso creativo y las conclusiones del trabajo de años con las infancias. A la pregunta de Rodari de si juntamos Caperucita Roja con helicóptero ¿cuál será el resultado? ¿O si a Pinocho sumamos un barco del tesoro?, la respuesta será: nuevas y fantásticas historias. «Sometidas a este tratamiento, hasta las imágenes más gastadas parecen revivir, retoñar, ofreciendo flores y frutos inesperados», señala. De eso se trata: de poder entrar y salir con libertad de las historias.

Su legado es más que interesante. Pensar al niño como personalidad completa. La educación como una herramienta más. La imaginación como una herramienta del pensamiento. La necesidad de forjar confianza, que los niños asuman una actitud activa y crecientemente independiente. Permitir el extrañamiento para construir mundos sin límites. A propósito de la llegada del hombre a la Luna publicó artículos en Pravda, “Gagarin y Tereskova son nuestros embajadores en el cosmos, pero también son la mujer y el hombre que han elevado las esperanzas de los otros hombres más que cualquier otro”. Y supo decir: todos somos hombres del espacio, aquí está la verdad: es decir, capaces de ser libres, seguros y fuertes, de abrazar inmensas visiones con la mirada. Siempre que sepa cómo abrir los ojos lo suficiente. Como el entrañable Romulito, repartidor de pizzas de “Ascensor para las estrellas”, que con solo tomarse un ascensor es capaz de ir a la luna.