Bonachea y Diego: el serio juego del arte

Bonachea y Diego: el serio juego del arte


El pasado 20 de julio se conmemoraron 8 años del fallecimiento (como consecuencia de un accidente cerebrovascular) de unos de los grandes ilustradores y pintores cubanos: Juan Vicente Rodríguez Bonachea. Durante su corta, pero exitosa, carrera recibió merecidos reconocimientos a su obra, entre los que destacan: Mención, Concurso Noma, Tokio, Japón, 1986; Tercer Premio, Concurso Noma, Tokio, Japón, 1988; Tercer Premio, Salón Nacional de Ilustración, La Habana, 1990; Mención, Arte Gráfico, Revista Plural, México DF, 1992.

En memoria a este gran artista de la plástica cubana que además fue un excelente maestro, reproducimos en nuestro sitio un artículo publicado en el periódico Granma por Gustavo Becerra Estorino, el 9 de enero de 2015.

Bonachea y Diego: el serio juego del arte

Estos dos colegas que compartían técnicas y sueños, cuando se ponían a dibujar no había maestro ni alumno, a pesar de la diferencia de edades, a pesar de lo vivido por cada cual, no se establecía una subordinación, sino una intensa comunión

La noticia no es que dos artistas de renombre hayan estado preparando una exposición conjunta de sus obras. Si fuera así, yo no me animaría a escribir esta nota que más le correspondería a un crítico de arte.

Lo periodísticamente nuevo es que uno de los pintores contemporáneos cubanos más notables, Juan Vicente Rodríguez Bonachea, justo antes de su temprana muerte tenía entre sus proyectos más avanzados una muestra de dibujos hechos a dos manos con otro singular creador, Diego Gejo, de seis años de edad.

El padre del pequeño, Gabriel Gejo, amigo del pintor, me hizo la revelación mientras me mostraba en una reciente tarde los dibujos y las fotos de ambos, que no me perdonaría dejar de compartir.

Descubrirse mutuamente fue quizás uno de los actos más esenciales en la vida de los dos, aunque no estuvieran más que jugando cada cual desde su edad. Para Diego porque si continúa por la senda del arte llevará para siempre en su obra la impronta de Bonachea; y para éste, porque compartir cartulinas y creyones con el pequeño fue una de las manifestaciones más elocuentes de su grandeza como artista y ser humano.

Tenía Diego cuatro años cuando Bonachea se animó a intervenir por primera vez en uno de los dibujos del niño, en diciembre del 2010. Ya cuando la muerte sorprendió al maestro a la edad de 55 años, a fines del 2012, ambos habían concebido, tan lúdicamente como se concibe el arte, varias piezas a dos manos que este cubano universal se proponía incluir en una exposición.

Cuando Bonachea y Diego Gejo se ponían a dibujar no había maestro ni alumno. A pesar de la diferencia de edades, a pesar de lo vivido por cada cual, no se establecía una subordinación (lógica, por demás), sino una intensa comunión. Dos oficiantes en el mágico acto de crear. Dos colegas que compartían técnicas y sueños. Y si Diego alguna vez trató de acercarse a la muy personal figuración del Bona, no fueron pocas las ocasiones en que el artista se propuso, con fortuna, penetrar en el mundo alucinado del niño. Creo que, mediante una simbiosis, ambos salían enriquecidos del momento de feliz conjunción: el artista como niño, el niño como artista. ¿O es que artista y niño no son dos palabras que, en el fondo, expresan lo mismo? Alex Fleites

Bonachea y Diego

Nacido el 8 de marzo de 1957, Juan Vicente Rodríguez Bonachea se graduó en 1976 en la Academia de San Alejandro, en La Habana, y en su corta pero prolífera trayectoria sedujo, con su original lenguaje pictórico, a múltiples públicos en países como España, Estados Unidos, Francia, México, Costa Rica y Suiza.

Realizó más de cien exposiciones personales y colectivas y como ilustrador dio vida a disímiles personajes en libros para niños, jóvenes y adultos.

Con su indiscutible talento, Diego será quizás su continuador. En él, Bonachea seguirá siendo, al decir del poeta Alex Fleites, “ese pintor cubano perennemente alucinado que anda por ahí compartiendo, generoso, la belleza que lo anega”.

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