Lázaro Enríquez o la coreografía de la letra

Lázaro Enríquez o la coreografía de la letra


(Palabras al catálogo de la exposición «Lázaro Enríquez o la coreografía de la letra»). Escrito por Jorge Bermúdez. Publicado el 22 Abril 2009. Revista OPUS HABANA

De izquierda a derecha: Enrique Martínez, Lárazo Enríquez, Roger Aguilar y Carlos Caso

Este diseñador se autodefinió como un «enamorado de las letras, las cartas escritas a mano y del placer de hojear las páginas de un libro».

Desde los remotos tiempos la voz se identificó con los dioses y la escritura con los mortales. La voz ordenaba, la mano ejecutaba. Sólo después, nació el libro: la primera y mayor desobediencia en que incurrió el hombre… Y Lázaro Enríquez Reyes. Este diseñador que se autodefinió como un «enamorado de las letras, las cartas escritas a mano y del placer de hojear las páginas de un libro», nació la tarde del 17 de diciembre de 1950, en la antañona calle de la Obra Pía, número 259, en La Habana Vieja.


En el otoño de 1967 ingresa en la Escuela Nacional de Arte, con el propósito de estudiar pintura. En el tercer año de la carrera, se siente motivado por el diseño gráfico, en particular, por la ilustración y el diseño de logotipos, por lo que pasa a estudiar a la recién creada Escuela de Diseño Industrial e Informacional (EDII). Durante su estancia en la EDII obtiene el primer premio en el concurso de Logotipo que hará de identificador del V Congreso Latinoamericano de Estudiantes a celebrarse en Chile, en 1972. En el último año de la carrera, sin embargo, un conflicto entre la dirección y el alumnado, llevará a su grupo a desvincularse de la EDII y a reinsertarse en carreras universitarias afines. En consecuencia, en 1974, Lázaro ingresa en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, en el Curso para Trabajadores. Paralelamente, pasa a laboral a la Sección de Propaganda de la Dirección Política del MININT (Ministerio del Interior), donde colabora sistemáticamente con la revista Moncada, órgano de dicho ministerio.

Moncada empezaba entonces su período más creativo al influjo de los códigos visuales de vanguardia dominantes en el ámbito gráfico cubano. Tal fue su aceptación en la revista como ilustrador y promotor de ideas en relación con la comentada renovación, que pasó a ocupar la segunda base de su equipo de béisbol. Esta colaboración que no sólo satisfizo por estos años sus objetivos profesionales, sino que le dio sentido a su hacer para un nuevo decir, el cual culminaría con el dominio técnico en las dos manifestaciones representativas de su personal poética visual: la ilustración y la caligrafía. Empeño que vino a complementar su otra vocación: la literatura, al graduarse de Periodismo en la Universidad de La Habana, el 19 de julio de 1977.

Paralelamente a sus responsabilidades en el departamento de propaganda del MININT, inicia por entonces nuevas colaboraciones con un ámbito profesional más circunscrito a sus intereses profesionales, como es el del libro y otras publicaciones periódicas. Para la Editorial Gente Nueva ilustra el libro de poemas de José Martí, Mi verso… y el cartel que lo promociona, ambos de 1977, en el que ya se concreta con verdadero acierto su interés por integrar ilustración y caligrafía, recurso expresivo que terminará por serle esencial.



También en este año obtiene el primer premio en el concurso de logotipo convocado por la Sociedad Cubano-Búlgara, y realiza su primera exposición personal: «Símbolos», en la galería de arte del Ministerio de la Industria Pesquera. A la que sigue en 1980 «45 Marcas», en la galería del Teatro Nacional. En enero de 1981 ilustra el número de Revolución y Cultura dedicado a José Martí e inicia su empresa de mayor aliento, la señalización del hospital habanero Hermanos Ameijeiras, en la cual se verá involucrado el equipo de diseño que él lidera hasta días antes de su inauguración, el 3 de diciembre de 1982. Meses después, pasa a trabajar a la Editorial Gente Nueva.

Su interés por la caligrafía lo lleva por esta década a simultanear el trabajo en dicha editorial con otros proyectos, como el de la Plaza de la Revolución Mariana Grajales de Guantánamo, para el cual concibió y plasmó los textos alusivos a la insigne patriota inscritos en el propio material de la obra. O el rediseño de cabezales, entre los que destacan los del periódico 5 de septiembre de Cienfuegos y el de La Gaceta de Cuba, tabloide cultural de la UNEAC, de cuya Sección de Artes Plásticas era miembro desde 1982.

Lázaro no pasó por alto que la letra, manuscrita o tipográfica, era el signo más acabado de identidad de una cultura, tanto como lo podía ser en el espacio tridimensional la arquitectura o en la comunicación oral el idioma. Además, comprendió el carácter abstracto del signo gráfico. De ahí que su expresión plástica como caligrafía, no sólo contemple la belleza implícita en el trazo de la letra, sino que la conjugue con otros elementos propios de una expresión puramente gestual, que llega en ocasiones a emparentar sus obras ―tanto las hechas en función del libro y otros medios, como las concebidas para los amigos― con las de un pintor abstracto como Hartung.

Ilustración para el libro del poeta asturiano Ángel Gonzáles

LER, como ya gustaba firmar, empezó a establecerse en la ilustración de libros sobre la base del recurso expresivo que más dominaba y, al mismo tiempo, más lo desmarcaba del resto de los ilustradores y diseñadores de su tiempo: la caligrafía, sin dudas, lo más distintivo y personal de su arte. En 1989 recibe el premio La Rosa Blanca por sus ilustraciones para el libro de Denia García Ronda, Fábulas nuevas (Gente Nueva, 1986). Y en este año, pero en Leipzig, obtiene Diploma de Honor en Caligrafía, en el Internationale Buchkuns-Ausstellung, IBA. Mientras que la tardía publicación de Dafnis y Cloe (Gente Nueva, 1999), aunque ocurre residiendo en Galicia, España, le da el alegrón de obtener por segunda vez el premio La Rosa Blanca en la categoría de ilustración.

El valor de esta obra, con sus correspondientes variables en cuanto a una ilustración entre abstracta y figurativa, estriba tanto en su virtuosismo y oficio, como en su capacidad para asimilar una tradición y restituirla en un plano de contemporaneidad e igualdad con las demás manifestaciones de la vanguardia gráfica cubana de su tiempo. Esta antañona e ilustre modalidad del diseño gráfico alcanzará con él una nueva dimensión estético-comunicativa, al propiciarle el tránsito de una manifestación en sí a una manifestación para sí.

Sus cursos de caligrafía en el Instituto Cubano del Libro y en el Instituto Superior de Arte de La Habana, así como los impartidos en la Universidad Autónoma de México y en la Escuela de Bellas Artes de Pontevedra años más tarde, en cierta medida, buscan refrendar esta certeza, el propósito de formar y caracterizar a un profesional muy peculiar y hacerle un espacio justo en el vórtice mismo de las nuevas tecnolatrías. El propio Lázaro dará cuenta de ello, cuando se autodefine «como misionero de estas peligrosas debilidades», ya que a alumnos y profesionales busca «convencerlos de que la caligrafía es el baile de la pluma con coreografía y arquitectura propias. Predico el gusto de la huella que puede dejar una mano y una caña de bambú sobre una hoja de papel de arroz. Sufro cuando se jubila un viejo tipógrafo, un linotipista amigo». Y con un didactismo poco usual en él, este particular misionero de una no menos particular Orden, aconseja: «La caligrafía (del griego kallos, “hermoso”, y graphein, “escribir”) es un arte, un placer, no un castigo; por eso la posición adecuada para escribir debe de ser relajada, cómoda. La mesa, inclinada, y la silla que permita al brazo alcanzar un ángulo de unos 90º con respecto a la mesa, reposando suavemente la muñeca sobre el tablero; los dedos relajados y la espalda en posición vertical. (…) También exige una disciplina constante. Ningún manual lo dirá, pero el entrenamiento sistemático permitirá, poco a poco, alcanzar la fluidez y la limpieza en cada trazo».

En 1991 diseña el cartel de la Cuarta Bienal de Artes Plásticas de La Habana ―también diseñará el de la Sexta Bienal. Cuatro grandes manchas deconstruidas por medio digital, reafirma su versatilidad y continuo estado de búsqueda tanto en el plano estético como tecnológico. Pero Lázaro es lo que es, con computadora o sin ella. Y a tono con los tiempos que corren y las carencias de todo tipo, concibe un libro totalmente a mano, en el que su impecable caligrafía recoge un número de poemas de amor del médico y amigo, José Luis Moreno del Toro, bajo el título Beber de la lluvia. Y con ese humor que le caracterizó y que siempre ha salvado al cubano en los peores momentos, escribe en el colofón: «Esta edición de Beber de la lluvia consta de un ejemplar único, hecho a mano y con mucho trabajo, como se hacen, por amor, los libros para los amigos. Se utilizaron cartulinas de las que ya no vienen: Aquarelle-Canson, Ingres y Archie…». 

A mediados de 1992, Lázaro Enríquez viaja a España, con una beca. Finalmente, se establece en Vigo, centro del rexurdimento editorial y de la lengua gallega a partir de la década del cincuenta del pasado siglo. Aquí, ampliará su ya notable trabajo como ilustrador y calígrafo. Atrás deja una obra, amigos, amores… una hija y, quizás, los más difíciles años de su vida… ¡Los mejores!  Con Lázaro irá siempre Cuba. Adicto al jazz latino y a la mejor música cubana, de cuya historia era un gran conocedor, hizo de su nuevo hogar vigués, lugar habitual de encuentro para poetas, artistas y músicos cubanos de paso por la Península. Siempre se consideró un músico frustrado. Y puede decirse que lo que llegó a ser como calígrafo, en alguna medida se debió a ese traslado al diseño de sus imágenes musicales y literarias. Su arte le vino de muchas artes.

El artista que llega a Galicia, está ya formado y con un currículo profesional nada despreciable. Pero, sobre todo, con un discurso visual muy personal, en el que se pone de manifiesto la sensualidad, el colorido y el rigor profesional que tipifica a la escuela cubana. Y, por si fuera poco, todo esto condimentado con una muy personal fuerza expresiva en una de las modalidades más ilustres de la historia del diseño gráfico: la caligrafía.         

En tierras donde tiene término el paneuropeo Camino de Santiago, es lógico que las cualidades expresivas que dimanan del oficio y virtuosismo de Lázaro para con la letra manuscrita, devenga también en el aún lozano linaje del amanuense medieval gallego, previo encuentro con sus códices en Celanova, una manera relevante de encausar su identidad sin faltarle a la de su pueblo. La obra que realizará desde ahora para editoriales gallegas, catalanas y de otras nacionalidades españolas, evidenciará estas determinaciones estilísticas e históricas. No hay distancia que medie entre una y otra cultura. Ambas vienen del mundo y van hacia él. Ahora, se han encontrado. Han hecho una cruz. Mejor aún, una «X»: grafema gestual, según Lázaro, que mejor identifica y legitima la lengua gallega, tal y como lo evidenciará en su libro X. Espacio para un signo (Xerais, Fundación Caixa Galicia, 2005). Él será consecuente con este encuentro, en tanto que lo asume y lo recrea, para propiciarle a  sus dos culturas: la cubana y la española, la fortuna de verse hermanas en el espejo de papel de una obra, la suya, que desde ahora y hasta su muerte buscará conciliar inteligencia, ternura y nostalgia.

Así acontece con sus diseños de cubierta para la prestigiosa editorial catalana Círculo de Lectores. Esta somera relación bien lo testimonia: La vida oculta (Soledad Puértolas), Seis propuestas para el próximo milenio (Italo Calviño), Elogio del calígrafo (José Ángel Valente) y Cómo leer y por qué (Harold Bloom). Todas cubiertas excepcionales en cuanto al manejo de la caligrafía como factor expresivo esencial de sus diseños; notablemente, las dos últimas.    

Pero es en Vigo, donde nuestro ilustrador concebirá obras que ya son emblemáticas de la historia de la edición gallega, como el Diccionario de seres míticos gallegos (Xerais, 1998) y los Cuentos colorados (Xerais, 2002); título este último, en el que plasma su particular estilo con todo el buen gusto, humor y erotismo que un maestro y cubano como él sólo es capaz de hacerlo. A las que se suman sus caligrafías de los poemas del poeta asturiano Ángel Gonzáles (Angelgrafías, 1999), y las ilustraciones de Llueve en los versos (Xerais, 2004), del poeta gallego Antonio García Teijeiro; libro que le permite al Lázaro pintor, proponernos otra forma de ver y sentir la lluvia… rumor, humedad, transparencia, verticalidad, ligereza, caída, son meros puntos de encuentro, versiones de visiones que se hicieron límpidas gotas de agua a través del color y su forma desde los postulados estéticos de la mejor abstracción lírica y gestual.  Por último, son de destacar sus ilustraciones para el libro de Marilar Aleixandre: Pájaros de papel (Xerais, 2001), premiado con el White Ravens de la Biblioteca de Munich, y dos veces en el concurso NOMA, UNESCO-Tokio, de 1998, así como seleccionado en la Muestra de Ilustradores de libros infantiles de Boloña, Italia, en dicho año. Pájaros de papel es un acierto de integración entre texto e imagen. Pero, sobre todo, es la bitácora de una migración muy particular de la poesía hacia una isla que, por más seña, existe ―siempre existió― y existirá como una experiencia estéticamente soñada. Nadie pondrá en duda al terminar de hojear sus páginas, que el lugar a donde van ―y llegan― los pájaros de papel, es a La Habana. La tristeza con que Lázaro posa al pájaro-guía sobre el Malecón habanero, de frente al Morro, y esa botella con un mensaje tirada al agua, son las claves de su mayor ausencia, pero también de su mayor esperanza.

A sólo tres días de cumplir 55 años, y no sin antes despedirse de sus amigos de La Habana, Lázaro Enríquez Reyes fallece en Vigo, la madrugada del 14 de diciembre de 2005. Sus cenizas fueron echadas al mar desde lo más alto del Cabo de Home. La ciudad que lo vio nacer y hacer una obra de real valía para nuestra cultura visual y la del pueblo hermano de Galicia, hoy le rinde merecido homenaje con la presente exposición. Un pájaro de papel, de caligrafía invencible, aún vuela de uno a otro puerto.

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