Roald Dahl: el gigante amigo de los niños

Roald Dahl: el gigante amigo de los niños


por Cristina Ferrer.

Fuente: Revista CLIJ; año 2, número 2, enero 1989

Alguien dijo que nunca conseguiríamos entrevistarle. Nos contaron historias de irascibilidad, reclusión y mala salud. Sólo teníamos un teléfono y pocas esperanzas. Un largo mes duraron las gestiones para que CLIC pudiera conseguir una entrevista, en exclusiva, con el «más famoso autor contemporáneo de libros para niños». Finalmente, y a través de Cristina Ferrer; lo imposible se logró. Dahl, en efecto, tiene poca paciencia y puede enfadarse con facilidad, pero si le demuestras que eres capaz de diferenciar entre Las brujas y Boy, entre sus dibujos y los de su ilustrador Quentin Blake, su actitud cambia. Llegar a Roald Dahl es difícil pero cuando lo consigues vale la pena: no te deja ni una pregunta sin respuesta.

Roald Dahl (13 de septiembre de 1916 – 23 de noviembre de 1990, Reino Unido)

Considero que los niños son seres semi-civilizados. Al nacer están por civilizar, cuando llegan a los 12 ó 15 años ya se les han enseñado modales: a no comer con los dedos, a ser limpios, a vestirse adecuadamente… Un montón de cosas que en realidad no quieren hacer, que no les gustan. Subconscientemente, los niños odian ser civilizados. Y la gente que les obliga a hacer esas cosas que no les gustan son los padres. Sobre todo, la madre.

Más adelante son los padres y los maestros. A los niños no les gustan estos adultos y yo uso esto en muchos de mis libros. Se trata de dejar en ridículo a los adultos ¿sabe usted? Es algo inofensivo pero a los niños les encanta. No conozco ningún otro escritor que haga lo mismo, todos crean adultos encantadores, padres y madres perfectos y todo lo demás».

Roald Dahl sabe mucho de niños, él mismo lo dice sin ningún empacho. Tiene setenta y dos años, ha tenido hijos y nietos… Sólo en el Reino Unido vendió el año pasado un millón de libros infantiles. Pero Roald Dahl no es un dulce anciano que adora a los niños y cuyas historias ellos adoran en justa reciprocidad. Dahl era escritor, tuvo hijos, luego escribió libros para niños. Su aproximación a la literatura infantil es la de un padre educador.

Tessa, su hija, escribió una vez que Dahl había cambiado con los años, que se había vuelto más tierno, que se había reconciliado con las niñas/mujeres. Dijo que el El Gran Gigante Bonachón, publicado en 1982, era su autorretrato.

—«No se crea nada de lo que publican los periódicos. Se lo inventan todo» —es la respuesta del escritor.

Es cierto que el Gran Gigante Bonachón se asemeja a él en estatura —Dahl mide 1,95— y que el oficio del gigante amistoso que distribuye sueños entre los niños mientras duermen se parece al del escritor. Incluso es verdad que Sofía, la protagonista, el personaje predilecto de Dahl según confesión propia, lleva el nombre de su nieta, la hija de Tessa. Pero él niega cualquier otro parecido.

—¿Aunque lo diga Tessa?

—«Aunque lo diga Tessa.»

La respuesta del escritor no es falsa modestia. Se nota que ha pensado sobre el tema y lo explica.

—«Mi parecido con el Gran Gigante Bonachón es muy ligero, ligerísimo. Sus sueños son todos bonitos y en cambio no todos los míos lo son, ¿no le parece? Los Cretinos no son precisamente encantadores.»

Desde luego los Cretinos no son encantadores. Las tías de James, el del melocotón gigante, eran horribles. Sofía no tiene más amigo que un gigante y Matilda, aunque cuenta con la dulce señorita Honey, ha de enfrentarse con una directora de escuela de pesadilla y con unos padres nada recomendables. La malignidad de Dahl ha llegado hasta el extremo de convertir a la muy respetada Real Sociedad Protectora de la Infancia en tapadera de un congreso de brujas.

Pero los héroes que se enfrentan a esos adultos impresentables no son víctimas inermes; son niños astutos, inteligentes, valientes y algunas veces dueños de extraños poderes. Charlie salva repetidas veces a sus amigos los insectos; Sofía a todos los niños del mundo —con alguna ayuda de la reina de Inglaterra— y Matilda libera a la maestra encantadora y a todos los párvulos de la tiranía de la directora.

A pesar de sus protestas sobre profesionalidad y recursos eficaces, uno no puede dejar de sospechar que en Roald Dahl, el padre-educador, queda bastante del niño de diez años a quien le dio baquetazos en el internado un futuro Arzobispo de Canterbury. Sólo alguien que ha deseado con toda el alma vengarse de la escuela podría inventar la magistral broma de los polvos pica-pica en los culotes de la directora.

Dahl tiene ideas muy precisas sobre literatura infantil. Dice que no le gustan las tonterías. En su último libro, Matilda, la protagonista vuelve a ser una niña. Una niña brillante que a los cinco años ha aprendido a leer sin ayuda de nadie y que devora clásicos en la biblioteca pública mientras su horrible madre se pasa las tardes en el bingo. La lista de lecturas de Matilda incluye autores como Dickens, Charlotte Brontë, Kipling, H.G. Wells, Orwell, Steinbeck y Hemingway. «El señor Hemingway dice muchas cosas que no entiendo» —dice Matilda a la bibliotecaria— «sobre todo de hombres y mujeres. Pero me ha gustado igualmente. La manera en que cuenta las cosas me hace sentir que estoy allí mismo viéndolo». Parecería que la frase de Matilda es una clave; algo que Dahl intenta decirnos sobre cómo deberían ser los libros para niños. Una vez más los adultos nos equivocamos.

—«No, la lista es sólo para mostrar lo extraordinaria que es la niña. Casualmente esos libros resultan ser algunos de mis clásicos favoritos, pero ésta no es la cuestión. Lo que intento en Matilda es criticar a una mayoría de padres de este país que no tienen ni un solo libro en casa y que se pasan el día viendo la tele.»

Dahl admite que él había leído todos los libros de la lista de Matilda antes de los quince años, pero dice que su caso no es relevante.

—«En mi época no había televisión.»

Matilda tiene cinco años y tres meses y piensa que la literatura para niños es muy pobre. En eso Dahl admite que la niña ha salido a él.

—«No leo nada de los autores modernos. La mayoría son bastante malos. ¿Los clásicos? Bueno, los leí cuando era pequeño. Me gustan algunos de los famosos como Winnie the Pooh y The Secret Garden (2).»

Los cuentos de Dahl son «bastante diferentes» como dice él mismo, de la mayoría de sus contemporáneos. En primer lugar, tenemos su teoría de la resistencia infantil al proceso civilizador y después algunas reglas y manías personales. Dahl no utiliza la parafernalia clásica del cuento de hadas y odia las series.

—«Yo me lo invento todo. Cada uno de mis dieciséis o diecisiete libros es diferente. Por ejemplo, Danny, el campeón del mundo es una historia perfectamente realista. Después vinieron algunos muy fantásticos y otros de simple ficción. Pero todos son distintos. Y no me gustan las segundas partes. La mayoría de los autores de libros infantiles consiguen un éxito y luego escriben dieciséis historias iguales.»

Dahl decide, antes de sentarse a escribirla, si una historia va a ser para adultos o para niños. Sabe, incluso, para qué niños la escribe.

—«Dentro de unos ciertos límites, un libro como El cocodrilo enorme lo escribí para niños de tres, cuatro y cinco años. Un libro como Matilda sé que es para niños entre siete y diez. Uno sabe lo que escribe, naturalmente.»

— ¿Y cómo lo sabe?

—«Bueno, es que yo sé mucho sobre niños. Tengo 72 años y sé un montón sobre niños. Si no fuera así no podría hacerlo.»

Desde luego no es tan sencillo. Leyendo sus narraciones para adultos y su literatura infantil uno presiente todo el tiempo que el talento de este hombre es el mismo, e igual de insólito, en los dos campos. La confirmación la obtuvimos en 1984, cuando publicó su autobiografía. La primera parte, Boy, la sacó Penguin en su colección para niños. Volando solo, la segunda, salió simultáneamente en la colección de adultos y en la de literatura infantil. Dahl asegura que no había pensado en ello cuando la escribía.

Probablemente eso es cierto. Con Boy y Volando solo Dahl hizo un ejercicio que debió ser difícil; escribir sobre cosas que, según él, no son importantes pero que le impresionaron profundamente y que nunca ha podido olvidar. Cosas y personas, como su madre noruega, que sacó adelante a la familia sin el padre, que conservó sus cartas —seiscientas— durante cuarenta años y que tanto se parece a la maravillosa y sabia abuela de Las Brujas.

En Volando solo Dahl recuerda la guerra y su experiencia como piloto de la RAE en África y en Grecia. Leyendo sobre sus problemas para meterse dentro de la reducida carlinga de un avión de caza —a los hombres altos corno él solían destinarlos a los bombarderos— se entiende su sangrante crítica de los militares en El Gran Gigante bonachón. En ese cuento, los oficiales son estúpidos y cobardes, mientras que los pobres soldados son extremadamente valientes.

En su autobiografía, Dahl rompió algunos de sus propios moldes. Normalmente, cuando se le pregunta por qué exagera tanto en sus personajes y situaciones dice que es porque a los niños —y a él mismo— les encanta. Que, en casi todas las cartas, sus lectores le comentan los aspectos más macabros o irreales de sus historias y le piden que rice más el rizo. Sin embargo, en sus dos libros sobre sí mismo avisa al lector de que todo lo que va a leer es real. Otra novedad de Boy son las ilustraciones, hechas por él mismo. Hay fotos de su álbum familiar, copias de las cartas que escribía a casa desde la escuela y hasta dibujos propios.

—«Sólo garabatos, en realidad. Yo no sé dibujar»— protesta el autor. La aventura de ilustrar su biografía fue una excepción. Normalmente, el ilustrador de Dahl es Quentin Blake.

—Pienso que coincidimos mucho. Tiene esa enorme agudeza y cuando dibuja siempre hace una afirmación sobre el personaje. Cuando dibuja una cara dice algo sobre ella. Si es una persona mala la hace muy mala. Creo que es el mejor ilustrador de libros infantiles que hay en el mundo en este momento.»

Tampoco en su relación con Blake encaja Dahl con ninguno de los tópicos del género. No eran amigos, no se buscaron el uno al otro, no hay ninguna anécdota sobre su trabajo común. A Dahl le hacía falta un ilustrador, su editor le sugirió el nombre de Blake, él estudio su trabajo, le gustó y le contrataron. Su admiración por Blake es auténtica, pero la relación que mantienen es estrictamente de negocios.

Roald Dahl se toma muy en serio su trabajo. A su edad la salud le falla un poco. Éste es el motivo que aduce para haber declinado intervenir en la producción de las cinco películas que se están rodando en estos momentos sobre sus libros.

—«Soy demasiado viejo y sensible para eso. Uno sólo consigue meterse en líos espantosos si se inmiscuye. Me han consultado algunas cosas para ver si estoy de acuerdo, pero en general me mantengo al margen.»

Sin embargo, está perfectamente al tanto de cómo marchan estos proyectos, quién los dirige y quién participa. En Londres están haciendo El Gran Gigante Bonachón en dibujos animados. Jim Henson, creador de Los Teleñecos hace Las brujas con muñecos y actores. El famoso actor Jeremy Irons participa en el rodaje de Danny, el campeón del mundo. En California producen una segunda versión de Charlie y la fábrica de chocolate, en animación (la primera película, hace veinte años, no fue muy buena» dice tajante). Finalmente, en Italia, están rodando La maravillosa historia de Henry Sugar. Todas Las películas se estrenarán durante 1989. Dahl se mantiene en contacto con la industria del cine y sobre todo con sus editores. Le envían listas de ventas para que pueda comprobar, por ejemplo, que hace poco El Gran Gigante Bonachón ha pasado a ocupar el número 1 donde reinaba, desde su publicación hace 25 años, Charlie y la fábrica de chocolate. Sabe exactamente cuantos libros ha vendido y mantiene contacto con algunos de sus lectores a quienes, eso sí, sólo se permite que le escriban una vez al año.

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