Eliseo Diego: Una ojeada cubana a la literatura infantil

Eliseo Diego: Una ojeada cubana a la literatura infantil


Conferencia ofrecida, por Eliseo Diego, durante el Encuentro de Información y Actualización Bibliotecarias celebrado en la Biblioteca Nacional “José Martí”.

Tomado de: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, enero –abril, 1970 pp. 83-91.

La literatura para niños es una invención relativamente reciente, más o menos al estilo de la máquina de vapor. Hasta mediados del siglo XVIII no emerge como parte del diario panorama de lecturas, aunque de muy atrás hubiesen muchos intuido su necesidad; se trata, por tanto, no de un producto natural que siempre estuvo ahí, sino de una construcción artificialmente elaborada para satisfacer una inquietud de los adultos. Y decimos “de los adultos” porque ciertamente los niños no tenían conciencia de que tuviese nadie que escribir nada para ellos; lo que su instinto les exigía como alimento de la imaginación, ya se lo habían apropiado por su libérrima cuenta. De inicio, para evitar malentendidos deplorables, será útil distinguir entre la literatura para los niños y la literatura de los niños, ya que las dos preposiciones ocultan realidades que no siempre, por desgracia o fortuna, coinciden.

Durante cientos de miles de años los niños han defendido ardientemente su infancia contra las pretensiones de los adultos, perfeccionando y puliendo armas tales como la astucia, cierta espléndida hipocresía inocente y una increíble celeridad en el zafarnos la atención. Nuestras pretensiones no han sido siempre honestas: en el fondo, queríamos, y seguimos queriendo, que lleguen a sernos útiles lo más pronto posible. La infancia constituye para nosotros un huerto cerrado, impenetrable, que no deja de asustarnos un poco; y, con una hipocresía nada espléndida, anunciamos a los niños que por su bien vamos a hacerlos hombres en un abrir y cerrar los ojos. Véase aquí el nudo de otro de los trágicos malentendidos, pues los niños desean, ellos también, hacerse hombre cuanto antes; pero donde nosotros escogemos el camino de la práctica, ellos no conciben sino el de la poesía, que es decir el de la imaginación.

¿Cuándo llegará, para nosotros los grandes, el día de comprender que La Isla del Tesoro ocupa, en lo que pomposamente llamamos “el proceso de la educación”, un lugar tan importante como el programa de Aritmética?

Sería absurdo pensar que, para ejercitar sus músculos de sueño, los niños han debido esperar pacientemente el alba del Siglo de las Luces. ¿Qué habría sido de Homero y Eurípides, y Virgilio y el anónimo autor de la Canción de Rolando, si se hubiesen pasado la niñez en la vana espera de las voces de mando de Juan Jacobo Rousseau? “Así se pule la hoja de obsidiana, así se amarra el hacha al mango, así se ordeña la hembra del búfalo”: la hora para las lecciones de cosas sonó desde el principio mismo. Afortunadamente, al caer de la noche comenzaban las fiestas del fuego, y, acurrucados en la tercera o la cuarta fila, allí donde las sombras iniciaban sus danzas y olisqueaba ya el miedo con su hociquito frío, los niños estiraban los cuellos para mejor oír la historia de la mágica marta cebollina o la primera versión de la caperuza escarlata. No habían pedido permiso para jugar con la frescura y delicia de sus músculos; tampoco lo pidieron ahora para tender y distender sus sueños.

Abierto, pues, a hurtadillas el cofre donde está guardada la literatura de los niños, lo primero que hallamos es la colección de arcaicos cuentos populares. Su origen es tan remoto, que simplemente jamás podremos rastrearlo. Representan, por decirlo así, vulgarizaciones de los mitos, cuyas formas más solemnes eran reservadas para las ceremonias religiosas. En los cuentos encontraremos “todos los fundamentales problemas humanos”, como nos dice Miguel de Ferdinandy, uno de los más originales investigadores del tema, “todos los grandes y típicos sucesos de vida y destino humanos. Más aún: debemos encontrar todo lo que, siendo humano y representable de modo narrativo, pero independiente de la historicidad humana, se presente de manera humanamente eterna”. Más adelante añade: “el imperio de las cosas humanamente eternas se divide, un poco paradójicamente, en dos reinos: el primero es el saber humano acerca del cosmos, es el reino de las divinidades nacidas del hombre, y de los grandes acontecimientos cosmogónicos. El segundo es el reino de los problemas principales del destino humano, es decir, los temas del nacer, de las nupcias y de la muerte”.

Toda la ancestral sabiduría del pueblo está así oculta en los cuentos, adonde va a buscarla cierta oscura apetencia del ser de los niños que no puede satisfacerse de otro modo. Los contenidos irracionales, fantásticos, les ofrecen además una rica sustancia en que pueda morder y fortalecerse la imaginación naciente. Si prevaleciese la tesis, hoy muy en boga, pero cuyo venerable racionalismo se remonta a las aristocráticas institutrices del XVIII, según la cual la fantasía de los cuentos populares resulta nociva al sentido de realidad de los niños, las consecuencias en esterilidad imaginativa serían incalculables. Esto, en el mejor de los casos; pues cabe sospechar que el riquísimo caos de la imaginación bullente, privado de sus cauces naturales, inventaría formas de una irracionalidad realmente peligrosa. ¿Dónde iban los niños a encontrar, por otra parte, esos arquetipos del hombre y la mujer ideales, que tienen tan a la mano en el príncipe y la princesa de los cuentos? ¿Se ha visto jamás una princesa egoísta, avariciosa, holgazana, en suma, fea; o un príncipe cobarde, cruel, mezquino? Evitemos arrimar nuestro hombro al de aquellas aristocráticas institutrices que condenaban los cuentos populares porque las hadas eran invención de cocineras y campesinos; y recordemos que entre el Duque de Windsor y el, príncipe de la Bella Durmiente se extiende un abismo que es preciso medir en años de verdadera luz.

En el orden de la psicología siempre ha sido válido el testimonio de la introspección. Si algún valor tienen las aportaciones hechas por quien escribe estas líneas a la poesía de nuestro país, quizás no estaría de más dejar aquí constancia de que sus raíces se hunden en los cuentos populares que escuchó de niño. Dejando a un lado la cómoda ficción de la tercera persona, diré que todo cuanto sé sobre el misterio de la creación poética lo aprendí de un singular, insospechado maestro: el Gato con Botas, quien me enseñó los recodos de la astucia y cómo sacar de la nada inmediata la satisfactoria realidad de los sueños; que de Pulgarcito aprendí la piedad, y a escoger siempre la buena compañía de los desheredados; y que la penumbra de los bosques remotos me ha permitido ver la realidad de mi país desde un punto de vista al menos imprevisible: el mío propio. Nada podría entonces hacerme cejar en la defensa de esos maestros de poesía que fueron los cuenteros anónimos: hijos todos del pueblo, dejémosles también ser padres del pueblo.

De todas formas, la idea de que los llamados cuentos de hadas no son propios para los niños, bien examinada, resulta a fin de cuentas tan vieja como los cuentos mismos. Las primeras versiones de la Caperucita Roja no les estaban destinadas: eran el regalo de quienes, hecho ya el trabajo del día, buscaban junto al fuego un sustento que les reconfortase el alma y el cuerpo. Pero los niños pensaban ya de modo muy diferente. Siguiendo a ciegas su instinto, se acercaban sigilosos al hechizo del corro, y era en sus ojos que las llamas desplegaban el esplendor de sus danzas. Magníficos simuladores, ladrones de finísimos dedos, los niños hallaron en los cuentos anónimos las primeras piezas del botín que han ido atesorando a nuestra espalda mientras no nos ocupábamos de ellos. Obsérvese que las primeras colecciones escritas —exceptuando la de Perrault— tampoco les estaban destinadas: Jacobo y Guillermo Grimm compusieron la suya con destino a los eruditos de la mitología comparada, sorprendiéndose no poco cuando, en el camino, se la apropió la eterna, innumerable caterva de infantes salteadores.

Con la imprenta las posibilidades de pillaje se multiplicaron a escala de las que el Nuevo Mundo ofrecería a la imaginación de los navegantes. El corto alcance del oído iba a ceder su sitio al incalculable vuelo de la vista, y aunque los pedagogos acudieron en seguida con sus lazos, la sutileza del asunto tenía por fuerza que favorecer a la superior inteligencia de los niños. Eludiendo con maestría los ponderosos tratados éticos e históricos, donde se agazapaban los grandulones con no pocas esperanzas, marcharon en derechura a sus propias tierras prometidas: el Robinson Crusoe, por ejemplo, o Los viajes de Gulliver.

El más somero examen de estos dos libros resulta extremadamente útil para conocer la verdadera naturaleza de las preferencias de los niños, ya que fueron seleccionados por ellos en condiciones ideales, entendiéndose aquí por éstas la total ausencia de toda suerte de presiones, aun de las más solapadas. ¿Por qué escogieron los mayores el Robinson Crusoe, y los más pequeños los Viajes, libros que de ningún modo les estaban destinados, toda vez que aquél pretendía ahondar en la corriente realista de la novela, y éste se presentaba como una sátira de la sociedad humana, y de las más mordaces que se hayan concebido nunca? En primer término, es preciso subrayar la respuesta obvia, aquella que, en la mentalidad moralizante del adulto, ocupa el sitio del desprecio: porque ambas eran obras de arte de la más alta calidad imaginable; porque en ambas se cumplía a perfección el requisito señalado por Coleridge como esencial al mundo de lo ficticio: la suspensión temporal de la incredulidad. Y en segundo término, porque ambas se avenían perfectamente a las naturales apetencias de los niños en dos etapas distintas de su desarrollo psíquico: los Viajes a la etapa de fantasía; el Robinson Crusoe a la etapa de la acción.

Dos lecciones fundamentales podemos sacar de lo anterior que resultan aplicables a nuestro nuevo mundo de la literatura para niños: ningún libro pasará a ser de los niños a menos que constituya una verdadera obra de arte por propio derecho; ningún libro pasará a ser de los niños a menos que responda a sus apetencias reales. Cualquier violación de estos principios se pagará a un alto precio: durante el siglo XIX, por ejemplo, la proliferación en Inglaterra de libros moralizantes, o solapadamente geograficantes o gramatizantes, hizo que los niños buscasen en masa el refugio que les ofrecían los llamados “terrores de a penique”, con su total desenfreno imaginativo. Dicho sea de paso, éstos son a la larga mucho menos perjudiciales que los tediosos, untuosos, piadosos volúmenes en que se aprende a odiar al gato oculto bajo la piel de liebre, en que se llega a detestar la geografía, la historia y aun el ejemplo mismo de los héroes. No queramos engañarnos: “untuoso”, “piadoso” y “tedioso” son términos a los que el socialismo no puede hacernos inmunes; lejos de ello, las diferencias entre algunos de nuestros bien-intencionados compañeros y las más pacatas y agrias de las institutrices aristocráticas del siglo XVIII, en punto a la beatería pedagógica, llegan a ser tan sutiles, que resultan prácticamente inapreciables.

Con lo dicho hemos adelantado ya la tónica dominante en el primer siglo de la nueva era —la era que nos complacemos en llamar de la literatura para niños. La invención en sí misma es, por supuesto, admirable. Nadie en su sano juicio podrá lamentarse de que al fin los adultos hayamos visto que los niños existen. Lo doloroso es que utilicemos tan precioso descubrimiento sólo para calcular el modo más rápido de que desaparezcan. Madame Leprince de Beaumont y la Condesa de Genlis, así como las otras grandes y pequeñas burguesas victorianas que prosiguieron su obra —los niños seguirían siendo, como el pastel o el encaje, cosa de mujeres—, convinieron en poner los beneficios de la imprenta al servicio de la pedagogía: no otra iba a ser la nueva literatura para niños. Pero, afortunadamente, una raza muy distinta de seres humanos había a su vez descubierto el clandestino corro de pequeños lectores: Hans Christian Andersen, Lewis Carrol, Robert Louis Stevenson, poetas y, por tanto, aliados naturales de los niños, comprendieron que tenían delante de sí al público más inteligente y capaz imaginable. De inicio, al alborear la nueva era creada por ellos, los pedagogos habían perdido la partida. Era sólo cuestión de tiempo, pero la alianza de niños y poetas tenía por fuerza que ser arrolladora. Basta, para comprobarlo, revisar la riquísima literatura de alta calidad artística que se publica en los países capitalistas más avanzados y, lo que es mucho más significativo aun, en todas las naciones del campo socialista.

La historia de la literatura para niños en nuestro país, al menos durante el siglo XIX, no se aparta un ápice del diseño trazado. Encontramos idéntica proliferación de sesudas obritas moralizantes y pedagogizantes, con alguna que otra excepción honrosa como las narraciones de Esteban Borrero, hasta que, a fines ya de siglo, irrumpe gloriosamente La Edad de Oro. A Cuba le tocó en suerte el mayor poeta de la lengua desde Francisco de Quevedo, de modo que no es extraño que sea nuestra la mejor revista para niños de todo el ámbito latino. Por desdicha, no hubo nadie capaz de seguirlo siquiera de lejos, y mientras en el resto del mundo civilizado comenzaban a afianzarse las conquistas de la Alegre Alianza y estaban en rota los pedagogos, Cuba, que por su José Martí tenía más derecho a la fiesta que nadie, debió resignarse en esto, como en tanto, a su melancólico destino de colonia. Durante cincuenta años de república con minúscula las publicaciones para niños no pasaron del pobre negocio de los libros de texto. La poesía no hallaba mercado — ¡qué suerte, a fin de cuentas!—, y el manojo de libros salvables se explica sólo por el más cándido de los heroísmos.

La Revolución debió, pues, partir de cero. Añádase que nuestro país pertenece a una tradición cultural muy atrasada donde el niño ha sido siempre cosa desdeñable — ¡qué distinta lección hallaríamos en La Edad de Oro, donde justamente se trata al niño con tantísimo respeto!—, de modo que nuestros mejores artistas y escritores, sin ser casi conscientes de ello, tienen en menos al mundo de la infancia. Las dificultades, del bloqueo hicieron además necesario un plan de publicaciones que prácticamente debió abarcar todo cuanto requieren los niños.

Con cierta explicable ligereza se ha reprochado a este plan la reedición de algunos clásicos de la literatura infantil, estimándose que el esfuerzo pudo emplearse mejor en novedades. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que los problemas a resolver son en realidad tres y de pareja importancia: en primer término, puesto que el papel de la literatura infantil en la formación del hombre tiene que ver ante todo con el desarrollo de la sensibilidad y la imaginación, era indispensable que nuestros niños tuviesen acceso inmediato al tesoro de libros sancionados por la máxima autoridad en la materia: los propios niños. Cuando se considera hasta qué punto las ediciones usuales de estas obras, traducidas bajo el viejo sistema sólo con el criterio del lucro, resultan, no ya pobres, sino detestables, el hecho del bloqueo aparece más bien como una bendición que una conjura, puesto que nos forzó a un cuidadoso trabajo de revisión y, en el mejor de los casos, a emprender versiones propias. Hoy por hoy podemos afirmar sin temor que las versiones cubanas de los clásicos constituyen verdaderas aportaciones a la literatura infantil en lengua española. No hay entonces por qué lamentar que se editasen estos libros en vez de otros más nuevos, puesto que no podía haber mejores novedades. Entendemos que este trabajo no sólo debe continuar, sino alcanzar aun niveles más altos. Sería conveniente crear premios que sirviesen de estímulo —a la mejor traducción del año, por ejemplo, como es costumbre en los países más avanzados—, a fin de subrayar que la traducción entre nosotros no es ya un modesto renglón del comercio, sino una manifestación de la literatura tan digna como cualquier otra.

En segundo término, y como exigencia natural de la misma necesidad que señalamos antes, es preciso editar obras de imaginación en que se contemplen temas cubanos. Esto es más fácil de decir que de hacer, ya que la buena voluntad no basta. Cuba posee, por ejemplo, un riquísimo folklore de origen africano; pero es un material sin desbastar, en espléndido estado salvaje. Para ofrecerlo a los niños no es precisamente un educador lo que se requiere, por muy sanas que sean sus intenciones; lo que se requiere es un poeta, capaz de dar forma a la riqueza primitiva sin que en el trasiego se pierda la vida, nada menos. Aparte de la simple habilidad formal, es evidente, por los ejemplos del pasado, que la imaginación del poeta es muy afín a la del niño: no la entorpecen esas inhibiciones del moralista que, deseando eliminar toda impureza, sofoca diligentemente la poesía —en la honesta convicción, suponemos, de que el niño es un angelote cuyo “biscuit” es necesario preservar para formar con eso al hombre. Pero, por desgracia, los poetas no se construyen con “mínimos técnicos”. Es indispensable una larga labor de captación en que se vayan dejando atrás los viejos prejuicios que achican desdeñosamente la obra ofrecida a los niños. Mientras no lo logremos, seguirá siendo preferible La Isla del Tesoro a una bienintencionada chapucería del patio.

El tercero de los problemas que confrontamos es el de cómo satisfacer y encausar la curiosidad de los niños, lo que abarca el cúmulo de obras de carácter didáctico donde suelen atrincherarse los pedagogos. Aquí, por supuesto, hallamos una situación muy semejante a la que existe en el orden de las obras imaginativas: también aquí es sensible la carencia de obras de verdadero impacto sobre los temas que más de cerca nos afectan. En cuanto a los asuntos de interés universal, podemos disponer de un excelente material extranjero; pero en cuanto a lo típicamente nuestro la necesidad es aun más urgente y, lo que es más, requiere de idénticos cuidados. Pues no es posible olvidar que aun a la ciencia misma los niños se acercan sólo por la vía imaginativa, como lo demuestra la universal popularidad de las obras que escribió aquel grandísimo poeta que se llamó Julio Verne. No quiere esto decir que el tipo de libros a que ahora nos referimos tenga necesariamente que adoptar una apariencia de novela; pero sí que la amenidad, así como la naturalidad y la elegancia en la expresión, constituyen requisitos indispensables. El Arte con mayúscula estará también presente a través de la ilustración: es en este aspecto que nuestras posibilidades inmediatas son mayores, tanto en uno como en otro tipo de obras. Doloroso es reconocer que las hemos descuidado, porque, a dos defectos de viejo arraigo: la festinación y la improvisación, unimos aun el ancestral, inconsciente menosprecio por el público a pequeña escala.

No es posible afirmar que nuestras publicaciones juveniles hayan resuelto ya, o estén siquiera en vías de resolver, las cuestiones esbozadas. Téngase en cuenta que el número de niños y jóvenes lectores ha aumentado en estos últimos diez años de una forma apenas concebible para quien no haya contemplado el proceso con sus propios ojos; téngase en cuenta, además, que por razones obvias no contamos aún con los necesarios recursos materiales. Sin embargo, y sin olvidar nuestros muchos errores y deficiencias, creemos que en toda Latinoamérica no existe un esfuerzo más serio, ni más puro en sus propósitos, que el que realiza la Revolución Cubana en el campo de la literatura para niños.

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