Entrevista a Astrid Lindgren

Entrevista a Astrid Lindgren


Por Isabel Carvajal. Licenciada en Filosofía Clásica. Reside En Suecia, donde trabaja como traductora y periodista. La entrevista se publicó en el CILJ 31 de septiembre de 1991

Fuente: Revista Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil. Año 20. Número 209. Noviembre 2007

Rescatamos para nuestros lectores una entrevista con Astrid Lindgren de 1991, realizada por Isabel Carvajal en casa de la autora sueca. En ella habla de cómo nació Pippi, su personaje más emblemático, y de otros aspectos de una obra que revolucionó el panorama de la literatura infantil y juvenil en los años cuarenta del siglo pasado. La estimulante y libre infancia vivida por Astrid y sus hermanos se reflejaría luego en sus obras, en las que reivindica un trato digno y respetuoso para los niños. Avanzada para su época, Lindgren está hoy más vigente que nunca.

Astrid Lindgren es uno de los nombres míticos de la literatura infantil del siglo xx. Su carrera de escritora de cuentos pudo haberse quedado en nada de no haber sido por la espontánea intervención de su hija Karin. Su primer libro —Pippi Langstrump— trajo consigo no sólo la fama para su autora, sino también un auténtico revuelo en las esferas de la pedagogía infantil.

Desde entonces ha pasado más de medio siglo y Astrid Lindgren sigue encantando a las nuevas generaciones, como lo hizo con sus padres y abuelos.

Detrás de todo ello se esconde una pequeña dama de ademanes suaves y mirada penetrante. Persona modesta y sencilla, no le gusta hablar de sí misma, y al abrir la puerta de su piso parece preguntarse qué tendrá ella que atraiga a tantos periodistas. Pero después, cuando la conversación se pone en marcha, nos muestra su preciado secreto: Astrid Lindgren domina el arte de la narración oral, y con él se ha ganado el corazón de los pequeños lectores de todo el mundo,

—Aunque sea una vieja historia, me gustaría empezar por cómo nació su primer libro.

—Lo he contado ya muchas veces y siempre tengo que hacerlo una vez más, Mi hija Karin estaba en cama enferma de pulmonía. Su consuelo era que yo le contara cuentos y un día, estando yo sentada a su lado, me dijo: «Cuéntame algo de Pippi Calzaslargas». ¡Menudo nombre! Pero yo no pregunté nada, sino que comencé a contar una historia apropiada al estrambótico nombre de su protagonista. Y durante los días que duró la enfermedad, mi hija se obstinó en que le contara más y más. Pippi se convirtió también en la favorita de sus compañeros de escuela. Algo más tarde caí yo enferma y, para paliar el aburrimiento de la convalecencia, se me ocurrió escribir la historia de Pippi en un bonito cuaderno y regalárselo a Marín, que en mayo (1944) cumpliría 10 años.

—Usted tenía entonces 37 años y escribía su primer libro de cuentos. Son numerosos los autores infantiles que comienzan esa actividad cuando tienen hijos. ¿Es necesario ese contacto directo con los niños?

—Aunque es posible que muchas veces sea así, yo no creo que el tener niños cerca sea imprescindible. Cuando yo escribo mis libros no pienso en ningún niño en concreto, pienso en mi niñez, y creo y cuento historias para la pequeña Astrid, para la niña que yo fui una vez, Además, en mi caso hay algo que justifica este comienzo tardío, y es que yo no quería escribir. Me explicaré. De pequeña, en la escuela, y de joven, en el instituto, siempre recibía alabanzas de mis profesoras de sueco por mis redacciones. La verdad es que me cansé de oír tanto «Astrid va a ser escritora», «Astrid va a ser la nueva Selma Lagerlöf» y como protesta decidí no intentar nunca escribir un libro. Así pasaron los años, y sólo cuando me puse a escribir Pippi para el cumpleaños de mi hija me di cuenta de que aquello verdaderamente me gustaba.

—La publicación de Pippi no fue fácil. Bonniers, el gigante de las editoriales suecas, rechazó el manuscrito, ¿Era usted consciente de la carga que llevaba el libro?

—Cuando lo envié estaba muy insegura; de alguna manera me daba cuenta de que no era «conveniente», de que funcionaba con Karin y sus amigos, pero quizás no con todos los niños. Prueba de mi temor fue la frase final de la carta que mandé a la editorial: «… en la esperanza de que no informen a la Oficina de Protección del Menor». Pero yo creía en Pippi, así que no me di por vencida. Me había entrado el gusanillo de escribir y había presentado Cartas de Britt-Marie a un concurso de literatura juvenil convocado por una pequeña y joven editorial, Rabén & Sjörgren. Gané el segundo premio y les presenté de paso Pippi, que aceptaron un año más tarde. Fue una suerte, porque Pippi salvaría a la editorial, que entonces tenía enormes problemas económicos. Y lo mismo puede decirce de la editorial alemana. Friedrich Oettinger vino a Estocolmo dos años más tarde porque quería ver ese libro tan especial para su jovencísima editorial. Desde entonces, Oettinger ha publicado puntualmente cada uno de mis libros.

—¿Qué valores especiales tiene Pippi que la hace tan popular?

—Cuando Pippi vio la luz, las niñas eran buenas y delicadas. Yo creo que parte del éxito radica en que Pippi era una niña, si hubiera sido un muchacho no habría causado la misma impresión. He recibido muchas cartas de niñas o mujeres que me cuentan lo que Pippi ha significado para ellas. La más entrañable quizá sea la de una niña japonesa que cuenta que tiene que volver sola del colegio: «Antes me daba miedo ira casa en la oscuridad, pero ahora ya no lo tengo porque Pippi viene conmigo».

—Pero hoy a las niñas les está «permitido» ser traviesas y, sin embargo, Pippi sigue gustando al público infantil y no sólo a las niñas.

—Supongo que Pippi tiene otros valores; es fuerte, generosa, se preocupa por los demás, por los débiles, por sus amigos. Los niños aprecian estos valores. Por otra parte, nunca he creído que Pippi pueda ser un mal ejemplo, como a veces se ha dicho; los niños no imitan a Pippi, saben que ella es única. O bueno, casi nunca la imitan. Recibí una vez una carta de una abuela finlandesa que me contaba que sus nietos le habían abierto el bolso y cogido 500 marcos para invitar a todos sus amigos al tranvía. «Todo por esa Pippi, ¡ay esa Pippi!», terminaba la carta.

—Muchos de los protagonistas de sus libros son personalidades infantiles bien definidas, que usted retrata con gran calor. Pero en términos generales. podría agrupárselos en dos categorías diferentes. Pippi, Miguel el Travieso o Karlsson —Karlsson pa taket, no traducido al español— son traviesos, fuertes, osados, y contrastan, por ejemplo, con los niños de Bullerby o los de Saltrakán, divertidos, pero menos conflictivos con el mundo adulto. ¿Responde esto a distintos aspectos de los niños?

—No creo que haya una línea divisoria clara, sino un espectro de personalidades. Todos los adultos son distintos, todos los niños también. Miguel el Travieso es en realidad un angelito, nada de lo que hace es consciente. Karlsson es al contrario, todas sus acciones tienen una meta concreta, y en provecho propio. Es un pequeño egoísta. Y así todos.

—¿Tiene usted un favorito entre sus personajes?

—Uno siempre está cerca del último personaje que ha creado. Por lo demás, tengo cierta debilidad por Miguel, por varias razones: viene del sureste de Suecia, de la región de Smaland, como yo, y hasta hablamos el mismo dialecto. Miguel es, como yo, un niño campesino; me gusta por su espontaneidad y su simpatía para con todos.

—¿Dónde encuentra inspiración para sus libros?

—Bueno, la mayoría de las veces se trata de ambientes campesinos, como los de mi niñez. Quizá eso explique que sólo Karlsson en el tejado tenga como protagonista a un niño de ciudad.

—¿Cómo fue su niñez en un pequeño pueblo sueco a principios de siglo?

—Esto ya lo he dicho muchas veces… Fue una niñez muy feliz, ya que nuestros padres nos dieron suficiente protección y libertad. Éramos cuatro hermanos de enorme fantasía que jugábamos constantemente.

–¿Leía usted muchos libros?

—iBuff! Leía muchísimo, todo lo que caía en mis manos. Desde historias de indios hasta Las mil y una noches. Edit, la hija del lechero, me leía cuentos. Sentada junto al fuego en la cocina de su madre, escuché por primera vez el cuento del gigante Bam-bam y el hada Viribunda; esas historias despertaron algo fantástico en mi alma infantil, un algo dinámico que ya nunca pararía.

El pastor protestante del pueblo, que tenía mucho contacto con mi padre, le regalaba siempre libros para nosotros, novelas religiosas de las que ahora no aguantaríamos ni una página. Pero mi favorito era El hombre de los puños grandes, una historia de bandidos en seis volúmenes, donde había una mujer terrible que los seducía a todos. Fíjate si leía, que cuando tenía que cuidar a mi hermana pequeña la metía en la cuna y le iba cantando el contenido del libro que estaba leyendo.

—¿Cuál es su «regla de oro» a la hora de escribir un cuento?

—Sí tengo una «regla de oro» y es la siguiente: un libro para niños puede contener episodios que resultan divertidos tanto para niños como para adultos. También se pueden escribir cosas que los adultos no entienden, que van dirigidas exclusivamente a los niños. Pero los guiños al mundo adulto por encima de la cabeza de los niños están totalmente prohibidos, son una desfachatez para con los pequeños lectores. Recuerdo que una vez participaba en el Día del Libro en la ciudad de Halmstad y leía, no sé muy bien por qué, un fragmento de Los niños de Bullerby para un público adulto. Mientras iba leyendo me preguntaba por qué había escogido justamente aquel fragmento, que contenía una de esas bromas que los adultos nunca entienden. Cuando leí aquello de las cerezas de Lisa que viajarían al extranjero en el estómago del que las había comprado mientras que ella se quedaría en casa, y las cerezas de Lasse que se convertirían en compota, mientras que él no se convertiría en compota, se oyó en la sala una sola carcajada larga, la del único niño que habla entre el público.

—¿Qué lugar ocupa la fantasía en sus relatos?

—Bueno, no lo he pensado, pero la fantasía es un elemento fundamental en el mundo de los niños.

—Pero la suya es una fantasía cotidiana, una fantasía sin límites en el marco restringido de la cotidianeidad.

—Claro que mis personajes no son fantásticos, aunque algunos han osado decir que Karlsson es un personaje fantástico, producto de la imaginación de Lillebror, que Karlsson no existe. ¡Claro que existe! ¡Sé incluso dónde vive!

—¿De dónde ha recogido inspiración para sus personajes?

—Aparte de mi infancia en general, a veces se ha tratado de niños concretos que he conocido. Madita, por ejemplo, es una amiga de la infancia con la que he mantenido el contacto a lo largo de toda la vida. Otras veces es una imagen, como la de un niño solo y triste sentado al anochecer en un parque de Estocolmo, que se convirtió en un punto de partida de Mio, Mio.

En otra ocasión, al visitar un cementerio, vi la lápida de dos hermanos muertos cuando todavía eran bebés, y de ahí surgió un cuento sobre dos hermanos y sobre la muerte, Los hermanos Corazón de León.

—¿Piensa mucho en la lengua que utiliza cuando escribe una historia?

—En un cuento para niños hay que hablar, claro está, a los niños. Yo no lo pienso mucho, pero siento, intuyo y cuento para el niño que hay en mi interior. Los cuentos tienen que poder leer-se en alto con naturalidad y fluidez.

—Su primer libro publicado fue juvenil, Cartas de Britt-Marie. Después vinieran otros. ¿Cuál es su experiencia con la literatura juvenil?

—Bueno, hoy no podría escribir un libro para jóvenes, simplemente porque no conozco a la juventud actual, y eso que tengo varios buenos amigos de esa edad. Cartas de Britt-Marie era un libro para jovencitas de 12-14 años, pero éste es un género que se ha perdido. Es curioso, porque me sigo sintiendo totalmente capaz de escribir para niños, quizá sea porque el inundo de la infancia es más inmutable que el de la adolescencia, y por ello, los relatos infantiles perduran con más facilidad.

—Existen dos facetas de Astrid Lindgren poco conocidas en España: la de defensora de los animales y la de la política.

—La de la política fue algo muy temporal, un pequeño episodio ante las elecciones de 1976 para protestar por los impuestos a la pequeña empresa. Yo nunca me he preocupado mucho por el dinero, pero todo empezó cuando llamé a la Oficina Fiscal del Estado para preguntarles si era posible que, teniendo 2 millones de coronas de ingresos, me quedaran, tras haber pagado los impuestos, nada más que 5 000 coronas. Ellos me contestaron sin inmutarse que, en realidad no me quedaba esas 5 000 coronas, sino que tenía que pagar dinero al Estado, ya que me correspondía un impuesto del 102%. Así que escribí un cuento satírico, Historia de Pomperipossa, que se publicó en la prensa y levantó un gran revuelo.

—Fue una ocasión en que se demostró que usted, mediante sus cuentos, estaba en el alma del pueblo sueco. Los hay que dicen que su protesta pública contribuyó a la caída de los socialdemócratas tras cuarenta años en el poder.

—No lo sé, pero es que el sistema fiscal de entonces tenía grandes defectos. Recuerdo que el primer ministro Palme contestó a mi protesta explicando que este impuesto afectaba sólo a personas de ingresos altos, pero yo recibí cientos de cartas de peluqueros, floristas y otros que me contaban cómo el Estado se llevaba más de la mitad de sus modestos ingresos.

—En los últimos años ha luchado usted de manera activa en defensa de los animales. ¿Cuándo comenzó este interés suyo?

—De pequeña tenía mucho contacto con los animales, que se perdió cuando, de joven, me trasladé a Estocolmo. Yo siempre había creído que los animales de granja suecos vivían en buenas condiciones. A finales de los 60, el gobierno empezó a apoyar la financiación de explotaciones ganaderas y avícolas a gran escala. Cuando, más tarde, leí en Dagens Nyheter (el primer matutino del país) el artículo de una veterinaria que explicaba que las vacas de las explotaciones ganaderas no salían nunca al aire libre, entre otras cosas por el estilo, me dije: «hay que hacer algo». Así que me puse a escribir cuentos, claro. Escribí varios para los periódicos. Por ejemplo, el de una vaca que se escapa de noche para visitar a su amado toro, que vive en la granja vecina… La veterinaria se puso en contacto conmigo y comenzamos una gran campaña para movilizar a la opinión pública. Esto fue en 1985. En 1987 cumplía yo 80 años, y el primer ministro vino a visitarme y me trajo como regalo una nueva ley para el trato de los animales de granja. Todavía se puede mejorar, pero por algo se empieza.

—De esta época es el libro Mi vaca también quiere divertirse. ¿Es un libro para niños?

En realidad, no. Se trata de una recopilación de los artículos publicados en defensa de los animales, con cuentos como el que he mencionado anteriormente, y con entrevistas a gallinas, cerdos… Los niños no necesitan un libro de este tipo, porque ellos aman a los animales, tienen una relación muy sana y natural con ellos; la misma que conservarían los adultos si no fuera por un montón de intereses.

—¿Qué relación ha tenido usted con las películas sobre sus obras?

—En todas ellas he querido ser la responsable de adaptar el libro para convertirlo en manuscrito cinematográfico. Después he confiado en el director, y apenas he estado presente en el rodaje más que en alguna visita esporádica.

—Sus libros han sido traducidos en todo el mundo, pero han tenido acogidas muy diversas. ¿A qué cree que se deben estas diferencias?

—En realidad, no lo sé. Supongo que, en parte, se explica por las peculiaridades del mundo editorial de cada país. Seguro que hay otros factores, pero muchos se me escapan. Los niños de Bullerby es, sin duda, el más popular de mis libros en Polonia o Checoslovaquia, y se lee en las escuelas. En la Unión Soviética, en cambio, es Karlsson en el tejado el que se lleva la palma. Alemania es un poco especial; allí se han traducido todos mis libros y son tan populares como aquí en Suecia. Oxford University Press ha sido mi editorial inglesa durante treinta y cinco años, y han sacado mucho en edición de bolsillo, pero yo echo de menos ediciones con cubiertas duras.

—¿Y en los países latinos?

—Estoy muy descontenta con las traducciones francesas de Pippi y Miguel. Miguel habla el dialecto de la región de Smaland. Pues en la edición francesa lo han solucionado diciendo que es zarabeto, ¡Pobre Miguel!

—¿Y en España?

—Por desgracia, no puedo juzgar la traducción, pero me agradan mucho las ediciones españolas; están hechas con mucho gusto y calidad. Normalmente intento que se conserven las ilustraciones originales, sobre todo en el caso de Miguel, que es tan sueco o, mejor dicho, tan esmalandés, y esto ha sido posible en muchas ediciones españolas.

—¿Sigue escribiendo cuentos?

—El último cuento propiamente dicho fue Ronja, la hija del bandolero, en 1981. Desde entonces he escrito muchos libros de imágenes para niños pequeños, muchos de la serie de Lotta. Ahora mismo trabajo en un manuscrito para llevar al cine la historia de Los niños de Brakmakargatan.

Escribir un libro para niños requiere mucha tranquilidad y concentración, no es algo que podría hacer hoy en día. No es sólo levantarse temprano y escribir varias horas, en realidad requiere bastante aislamiento y esfuerzo, porque uno piensa todo el tiempo en la historia que está creando, se preocupa por el protagonista, pasa a vivir en el cuento.

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