Constante Rapi Diego: con el corazón sobre la imagen

Constante Rapi Diego: con el corazón sobre la imagen


Jorge R. Bermúdez

Fuente: La Gaceta de Cuba, enero-febrero 2016

A mi nieto

Durante mis años de profesor en el sistema de la enseñanza artística, siempre sostuve, a la par de un número limitado de profesores, que la ilustración era una discipli na del Diseño Gráfico con una proyección cultural, técnica y conceptual muy particu lar y, por consiguiente, debía de impartir se como una especialidad y no como un contenido más a vencer por el estudiante. Se nace ilustrador, como se nace pintor o poeta. Y, justamente, de lo uno y de lo otro tiene todo buen ilustrador. A esta estirpe perteneció –y pertenece– Constante Rapi Diego (La Habana, 1949-Ciudad de México, 2006).

Rapi (1949, La Habana, Cuba – 9 de enero de 2006)

A Rapi, como todos lo llamábamos, lo conocí en el lejano año 1967, en ese segundo sueño hecho realidad de la Revolución cubana: la Escuela Nacional de Arte (la ENA) –el primero fue la Campaña de Alfabetización. Él venía de iniciar estudios de Arquitectura; yo, de pasar tres años en el Servicio Militar Obligatorio. El andar cansino y cierto aire entre distraído y soñador eran tan naturales en él que no dejaban margen a pose alguna, a diferencia de lo que sí sucedía con otros compañeros de clases. Él estudiaba Artes Plásticas; yo, Diseño Escenográfico con el profesor checo Dimitri Kadernovska. Ni él ni yo concluimos los estudios… La década se mostraba muy activa fuera de los límites de la ENA, y dentro de ella la enseñanza se hacía cada vez más proclive a una disciplina que no siempre dejó bien parados a los que la impartían. De nuevo “en la calle”, coincidíamos en el cine o en alguna que otra actividad cultural y, cosa curiosa, su andar era la primera señal que mi percepción recibía de su personalidad. Luego comprendí que esta personal manera suya de “llegarme” era resultado de una heredad ineludible: la de su padre, el poeta Eliseo Diego.

Lo más real de uno es lo que fue en la infancia, entorno y vivencias incluidos. Y la infancia de Rapi no pudo ser más propicia para su futura trayectoria profesional. Creció leyendo los libros que atesoraba la biblioteca paterna, en la que abundaban, entre otros muchos textos, los relacionados con la mejor literatura infantil y de aventuras, elevadas al rango de clásicos por los presupuestos estéticos del romanticismo, así como profusamente ilustrada por los mejores dibujantes de la época, los que contribuyeron a dicho boom editorial durante el siglo XIX, a no dudar, antecedente de ese otro que sobrevino con la invención del cinematógrafo. Esto explica su temprano interés por formas de expresión asentadas en el lenguaje de las imágenes visuales. De lo que darían temprano testimonio sus incursiones en el cine en las décadas del 70 y el 80, en las que realizó, entre otros documentales, Érase una vez, José Z. Tallet y Las parrandas, y el premiado largometraje El corazón sobre la tierra.

Mientras en la gráfica asumía las más variadas disciplinas como diseñador de cubiertas de libros, carteles y carátulas de discos –recuérdese la muy lograda ilustración para el disco Unicornio azul, de Silvio Rodríguez–, a la par que publicaba sus primeros dibujos en revistas nacionales, experiencia que coronarían sus ilustraciones para el poemario Por el mar de las Antillas anda un barco de papel (1978), de Nicolás Guillén, con el que obtuvo el premio de ilustración infantil “La Edad de Oro”.

La responsabilidad que implicaba un texto poético “para niños mayores de edad”, según palabras de Guillén, fue asumida por Rapi con determinación y rigor profesional, como bien lo pone de manifiesto un dibujo ceñido al interés de los contenidos, sin desestimar su propio interés por concitar una fantasía que ampliara la de los poemas ilustrados. Así se constata en los dibujos insertos en recuadros y a doble página, sin obviar el de las capitulares, no por socorridas, menos dispuestas a estimular las expectativas poéticas del verso o el párrafo.

El siguiente paso Rapi lo dio con las ilustraciones para Soñar despierto (1988), poemario de su padre, donde representa al poeta en la figura de un niño vestido con traje de marinero, tal y como aparece Eliseo en la foto príncipe de su niñez. El niño –así como fue, era– hace de hilo conductor de la narración visual, lo que justifica su argumentación a favor de una relación pareada con la propiamente poética de los versos, en la que no falta la compañía de un gato, maullador testigo de sus andanzas y juegos. Al final, una ilustración a plumilla de Eliseo Diego, ya adulto mayor –eufemismo al uso en la programación televisiva–, lo representa apoltronado en su asiento habitual, es decir, de vuelta de los sueños, con lo cual el hijo sella la historia que le aportara el padre-poeta, para siempre juntos. Soñar despierto ganó el premio “La Rosa Blanca” de ilustración infantil, que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

En 1993 Eliseo Diego recibió el premio literario “Juan Rulfo”, en Guadalajara. Y Rapi marchó a la hermana nación, donde se reunió con la familia. En la Ciudad de México desarrolló una intensa actividad como diseñador e ilustrador; pero, sin dudas, lo más significativo de esta etapa son dos libros: El sapo hechizado (1997) y El Didi y el profesor Jinks (2012), los cuales marcaron su madurez como ilustrador y escritor de sus propias historias.

En El sapo hechizado, Rapi retoma un argumento clásico del género, aunque desde el punto de vista del batracio. Dicho en términos más llanos: contra su voluntad, el sapo cantor es convertido en príncipe, hechizo que lo lleva a abandonar su querida charca y a la ranita que era el amor de su vida. Un beso de esta lo devolverá a la charca, donde “se casaron y tuvieron innumerables sapitos y ranitas…” Aunque el dibujo deviene complemento y calce del texto, la delicadeza de los tonos –también de manifiesto en muchos de sus carteles–, la movilidad de los dibujos en recuadros y páginas y hasta la propia elegancia en la representación de lo supuestamente feo alientan una propuesta visual partícipe de la moraleja de la historia que animan.

Entre 1997 y 2003 El sapo hechizado tuvo cinco ediciones, y la última, nueve reimpresiones hasta 2014. En su obra final, El Didi y el profesor Jinks, es, a mi entender, donde mejor se ponen de manifiesto las vivencias del autor, en tanto ficción de lo que fue y de lo que con más ilusión soñó ser. Idea que atiende a una mejor interpretación de la obra, aun cuando se sustente en la subjetividad del que escribe estas líneas, sobre todo, porque su concepción se corresponde con el período de la enfermedad que, finalmente, lo llevaría a una muerte prematura.

El Didi y el profesor Jinks fue publicado post morten. La obra ficccionaliza la doble condición del artista que fuera –y es– Rapi Diego, al fundir en su trama al amante del cine y al ilustrador de libros infantiles y de aventuras. Lleva al texto y al dibujo que lo complementa, tanto las incitaciones a la aventura gestadas en las lecturas de la biblioteca paterna, como lo visualizado en el cine sobre lo referido a ambos géneros. De hecho, el estilo dibujístico cambia con respecto a las obras precedentes, y asume una poética visual de corte realista, propia de la época victoriana, con el propósito de refrendar y hasta legitimar el carácter fantasioso de lo narrado. Aspecto este que lo lleva a generar personajes y ambientes veraces, como los correspondientes a las recreaciones que ilustran los ámbitos académicos londinenses y los monásticos de Katmandú, etapa previa a su búsqueda del Didi por el Himalaya.

En esta obra póstuma de Rapi me arriesgo a reconocer el comienzo de una nueva etapa, teniendo en cuenta el filón de nuevas historias que podía aportarle y para las cuales estaba más que dotado como ilustrador y escritor. Lamentablemente, desde ella nos dijo adiós… Partió con su Didi de largas piernas, para hacer más corto el ascenso; a veces, dar la espalda e irse es también una muestra de amor.

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